7.10.07

T.O.C.

El juego entre la obsesión y la compulsión es sencillo, les digo a mis observadores. Les pondré un ejemplo, les digo. Es la hora de ir a dormir, pero el zumbido de la mortalidad arremete. Comienza a latir el oído derecho. Se escucha cómo fluye la sangre por ese oído. Seguramente sea una vena insignificante, pero que en ese momento lo es todo. Y a eso se le superponen los horrores generados durante el día. Porque pensar en el pecado, pensar en el error, pensar en que otra vez se ha perdido contra el Partido de la Templanza es también asumir la mortalidad, las fallas de fábrica. Y entonces, qué es lo que ocurre. Entonces la obsesión por la mortalidad, que vendría a ser el gran error, y sus subgéneros penosos, como los pecados, deben ser sucedidos de algún modo, y así es que irrumpe la compulsión para hacer algo que borre todo lo anterior. Algo, cualquier cosa, lo que con mayor eficacia disipe las tinieblas y permita de alguna manera alcanzar el sueño. Por eso leo por las noches. Antes que intenciones elevadas, la lectura viene a mí como santo remedio, como mecanismo compulsivo que logra hacerme olvidar de mí mismo, de mi trabajo, de mis días, de mis derrotas. Benditos sean todos esos escritores que me socorren. Sospecho que cumplen con los indecibles planes de Di-s, Nuestro Señor. Que la paz esté con ustedes.