Hay un cuento de Chejov. "¡Abolidos!" Creo que escrito hacia 1885. Comienza así:
No hace mucho tiempo, durante la época de la crecida de los ríos, el terrateniente Vívertov, alférez retirado, invitó a comer al agrimensor Katavásov, que había ido a verle. Bebían, comían y hablaban de las novedades. Katavásov, como habitante de la ciudad, estaba informado de todo: del cólera, de la guerra y hasta de la subida de los impuestos sobre las bebidas alcohólicas, a tenor de un kopek por grado. Él hablaba y Vívertov escuchaba, soltando a cada momento un "ohs" y "ahs" y acogiendo cada novedad con las exclamaciones "¡Qué me dice! ¡Vaya hombre! ¡A-a-ah!"
—¿Y por qué ahora va sin charreteritas, Semión Antípich? —preguntó, de paso, con curiosidad.
El agrimensor no respondió en seguida. Permaneció unos momentos callado, se echó un vasito de vodka entre pecho y espalda, hizo un gesto con la mano y sólo entonces dijo:
—¡Las han abolido!
Más adelante, Vívertov se entera que su suerte como otrora alférez también está echada, porque se ha decretado que todo alférez pase a ser subteniente, si lo desea, o a quedar sin rango. Noticiado, entonces pregunta:
—Hum... ¿Qué soy yo, pues, ahora?
—Esto lo sabrá Di-s. ¡Usted ahora no es nada, es una confusión, es éter! Ahora ni usted mismo saca en claro lo que es.
La tristeza de Vívertov, les comento, es atroz. Tiene una salchicha en la boca que no termina de masticar. Es como el recién nacido que carece de conciencia de sí mismo y como el anciano senil al que el tiempo lo ha desfigurado al extremo de ya ser un individuo no diferenciado de otros individuos con su mismo mal: la vejez, la locura. Es como el millonario apuntado por un chico en un callejón. El millonario junto a un pordiosero que también es apuntado. Es como el presidente de los Estados Unidos atacado por un infarto. Es como el rey de Persia en el preciso momento de su muerte. O de su nacimiento.
El cuento de Chejov en cuestión me sirve para disparar el problema de la existencia y el que representa la idea de Di-s. Porque Di-s, perdón por ser tan tajante, es problemático para la humanidad. Inevitable. Una licencia, aunque sea: pongamoslé por un rato que la humanidad soy yo, así nadie chilla.
—Sin él me encuentro como ese agrimensor y ese otro alférez —comentaba hace poco en esas conversaciones informales del trabajo, cuando me sobreviene la obligación o la necesidad de hablar de estas cosas para ahuyentar la pesadumbre—. Es decir, su ausencia es tan notoria como la falta de ropa, de algo que me identifique. Si no soy inmortal, si Di-s no está, entonces técnicamente soy una porción de tiempo absurda en la historia de la humanidad, soy esa confusión que es Vívertov.
No se trata de una simple cuestión formal, agrego ahora. La forma (como es común) es parte inseparable del contenido. La forma es la identidad. Eso experimento cuando leo buenos libros y cuando identifico en el modo de escribir a un escritor que sé que es fulano de tal y no otro. Lo demás, lo que no es forma, es silencio, confusión, nada. Sin la forma los judíos hubiesen desaparecido hace rato. Lo comentaba la otra tarde a mi compañera hija de una unión mixta.
—Hacemos un buen equipo —dijo por su parte el dueño de una pequeña empresa de comercio exterior que también pertenece a la religión judía. Tenemos a un puñado verdaderamente religioso, que nos recuerda quiénes somos. Y los demás nos ocupamos de trabajar, que no es poco.
Discutía el fin de semana con un muchacho luterano. Es de origen danés. Él desdeñaba al hombre religioso en su grado más excelso, intitulándolo de fanático. Nada nuevo. Y apelaba a los musulmanes como ejemplo, ignorando los desvíos de la ortodoxia, ignorando precisamente que por los desvíos de la ortodoxia es que aparecen los extremismos y no por la ortodoxia y el cánon, que precisamente están para evitar desvíos. Así se lo manifesté. Luego bebimos demasiado y ya no me acuerdo de cómo siguió el encuentro.
Y hoy un sacerdote al que conozco trajo a cuento una idea que es más o menos conocida o reiterada porque guarda cierta lógica (claro que la lógica suele ser engañosa). Dijo, a la luz de su interpretación histórica, que el relativismo tarde o temprano conduce a regímenes totalitarios. Que eso siempre ha ocurrido y que no ve el modo de que deje de ocurrir.
—Porque no hay un discurso en esas sociedades que rija desde lo alto, y entonces ese discurso, imprescindible para la cohesión social, como no surge ni del diálogo ni de la moral ni de Di-s, entonces, termina siendo impuesto por algún iluminado.
Hay cosas que pueden estar más o menos claras en mi cabeza y si sueno a soberbio me importa un soberano carajo. Esas cosas incluso poco pueden tener que ver con la razón. ¿O acaso existe una razón para no robar? Olvidándonos de la ley, del temor a la ley, ¿por qué el "No robarás" del decálogo termina aplicándose como verdad positiva en los sistemas legales del mundo? Voy con un ejemplo más claro: el principio de autoridad, ¿de dónde es que surge en Occidente, si no es del irracional "Amarás a Di-s sobre todas las cosas"? Y a esas preguntas súmenle las que quieran.
Hay cosas que pueden estar más o menos claras en mi cabeza, decía. Hay por lo menos una primera respuesta, que se conecta con muchas otras. Como Vívertov, el hombre parece precisar del hábito que hace al monje y de la charretera que hace al alférez o al agrimensor. Y voy más allá. Necesita, así la razón se oponga, del vestido de la inmortalidad. Como Zuckerman/Roth dice en una de sus novelas, llegada a una edad se aprende la gran lección, que la vida no tiene sentido. Y es necesario, preciso, urgente, dársela. No interesan los malos entendidos en ese trabajo de darle algún tipo de forma, de uniforme, de lo que sea. Hay que dársela como sea, incluso con la magia o el esoterismo en el marco de las peores tragedias (por supuesto, yo me quedo con la ortodoxia, hay un lindo libro de Chesterton al respecto). Y otra vez, en este punto, digamos que la religión, las religiones, han cumplido un papel más que feliz, así suene raro y odioso escribirlo o leerlo en un tiempo donde todo el mundo insulta a las religiones y disimula su desesperación y asegura sentirse bien sin ropa, sin identidad, sin destino, sin Di-s. Así como no hay buena literatura donde no subyace el problema de la inmortalidad y el otro que Di-s supone, tampoco hay nada por lo menos mejor sin los cuestionamientos religiosos. Ojalá pudiese librarme de ellos y sentirme seguro, viril, rubio y alto. Pero les aseguro que me ocurre lo mismo que con ellos, y peor aún. Mucho peor... No sé a ustedes, queridos fantasmas. Sólo deténganse y observen a esos hombres llenos de fe, llenos de forma, dotados de una seguridad mística que los torna reales, complejos, únicos.