21.9.07

Preestrenos cinematográficos... Hoy, El Deseo de Vivir

Rolo Medina es un reconocido jugador de polo que ha sufrido una caída de su yegua, seguramente en la cancha 1 de Palermo. Desde entonces, un dolor en una costilla lo aqueja, pero ello sin embargo no le impide continuar con su vida licenciosa.
Un buen día, atrudido por el aburrimiento que le propina Buenos Aires y el tener prohibido volver montar y empuñar el taco para darle a la bocha, Rolo propone y los demás obedecen un viaje relámpago a Mar del Plata. Él va con su novia, en un convertible. La barra restante, en unos buggies. Y en la Ruta 2 sobrevienen distintos hechos de imprudencia. Zizagueos, alta velocidad, lo que se dice vértigo. Un accidente sin mayores consecuencias con un Peugeot 504 conducido por un médico y una joven rubia sirve de disparador de un triángulo amoroso por partida doble. La rubia del médico, el médico y Rolo. Y Rolo, su novia y la rubia del médico. No les cuento más. Sólo esto: el galeno será altamente vengativo con el otrora polista, lo conducirá, ni más ni menos, que al suicidio.
Con los éxitos a los que nos tiene acostumbrado Sandro, esta película debe ser vista por los menores de 13 años acompañados por un mayor responsable. Cinco estrellas se merece. A continuación, el trailer.

20.9.07

Mateo 5, 22

Yo les digo más: cualquiera que se enoje contra su hermano comete un delito, y el que lo trate de tonto merecería responder ante el Tribunal Supremo, y el que lo trate de renegado de la fe es digno del infierno.

17.9.07

Farragut-Juan el Bautista-El Pollo

Ahí lo tienen a Farragut, el bisexual de John Cheever, el drogadicto, el que termina en la ilusoria Falconer tras enfadarse con su hermano y asesinarlo porque su hermano no hace otra cosa que decirle que están abolidos todos los pruritos de la identidad. De aquello que construye a Farragut. Ahí lo tienen a Farragut y a su delito, cometido más que por la influencia del alcohol y las drogas, por la furia que le ocasiona noticiarse de que es una confusión, como en aquel cuento de Chéjov que desespera a un alférez, y también a un agrimensor, que han perdido, por decreto, sus títulos, honores y charreteras. Ahí está el Farragut encerrado en Falconer y despreciado por su mujer. Desnudo frente a su propia existencia indecible. Y ahí también está su amante, que logra escapar gracias a un obispo, un giro que según dicen le valió muchas críticas a Cheever por falta de verosimilitud. Como si no fuese verosímil la redención de un marica a través de la religión, de la forma. También de la literatura. Farragut vive a fondo el proceso de autodestrucción formal, y en la misma medida, ya en el encierro y sin la intermediación de los cuestionables recursos de la autoayuda, aunque necesitado de la metadona, procura reconstruir ese vestido, ese sayo, cualquiera sea, que le permita volver a pararse sobre sus pies.

Farragut se levantó con dificultad. Se necesitaba asuticia; astucia y el coraje de ocupar el lugar que se merecía en su opinión.

El Evangelio según San Mateo describe a Juan el Bautista, antes que nada, por su vestimenta y su alimentación.
Juan vestía un manto de pelo de camello, con un cinturón de cuero, y se alimentaba de langostas y miel de abeja silvestre. Entonces iban a verlo los judíos de Jerusalén, de Judea y de toda la región del Jordán. Confesaban sus pecados y Juan los bautizaba en el río Jordán.

¿Qué relación existe entre vestir un manto de pelo de camello y comer miel silvestre, —esa miel que Horacio Quiroga denuncia como peligrosísima en un cuento de la selva, pues puede poseer efectos narcóticos, paralizantes— y la convocatoria del Bautista en el Jordán? La respuesta es evidente. La forma dice mucho del primo de Crist-, más que cualquier otra cosa.
Y en Falconer, bien al principio, así interrogan a Farragut:
—Usted es profesor —dijo el hombre de la izquierda, que parecía ser el portavoz de los tres. Farragut no levantó la cabeza para verle el rostro—. Es profesor y su vocación es la educación de los jóvenes, de todos aquellos que desean aprender. Aprendemos por la experiencia, y como profesor, distinguido por las responsabilidades del liderazgo intelectual y moral, cometió el espantoso crimen del fraticidio mientras estaba sometido a la influencia de drogas peligrosas. ¿No le da vergüenza?

Y así Farragut es consolado pocas páginas después por otro preso:
...Tiene que haber algo bueno al final de cada viaje y por eso quiero que sepas que todo es un terrible error (...) Así que lo que quería decirte ya lo sabes: todo es un gran error, un terrible error.

La ropa de Juan el Bautista, como el principio de negación del error. El parricidio y el encierro en Farragut, como el error en sí mismo: el de Farragut, también el de la confusa existencia. Las palabras del preso a Farragut (quien habla es El Pollo): la Esperanza o la expectativa de un nuevo traje que otra vez torne a Farragut un Farragut y a todos los hombres algo único y bello e irrepetible y no un número de presidiario en una celda compartida con otros números. El reclamo de Di-s, de su existencia, está presente en Falconer. El anuncio de su llegada la realiza Juan el Bautista, y de algún modo también El Pollo. Si no, lean cuando El Pollo le dice a Farragut:
—Verás, Zeke, no me da miedo morirme. Sé que suena a mentira y cuando la gente me lo decía, porque ya habían probado la muerte, que no tenían miedo a la muerte, creía que hablaban sin clase, sin ninguna clase en absoluto. A mí me parecía que uno no tenía clase cuando hablaba de esa manera, era como creer que eres hermoso delante de un espejo, que toda esa mierda de no tener miedo ante la muerte no tenía ninguna clase. ¿Cómo puedes decir que no te da miedo abandonar la fiesta cuando es como una fiesta, incluso en la trena? Incluso las salchichas con arroz te saben a gloria cuando tienes hambre, incluso un barrote de hierro resulta agradable al tacto, es delicioso dormir. Es una fiesta incluso cuando estás en la celda de castigo, y ¿quién quiere marcharse de una fiesta para ir a algo que nadie sabe de qué va? Si piensas eso, es que no tienes clase. Pero tengo la sensación de haber rondado más de cincuenta y dos años. Sé que crees que soy más joven. Todo el mundo lo cree, pero en realidad tengo cincuenta y dos años. Sin embargo, mira lo que pasa contigo, por poner un ejemplo. Nunca has hecho nada por mí, y después mira lo que pasa con el Cornudo. Me trae cigarrillos, el periódico, la comida del exterior y me llevo bien con él, pero no me gusta. No aprendí nada en absoluto con la experiencia. Tú me gustas y no me gusta el Cronudo y es así hasta donde lo mires, así que me figuro que llegué a esta vida con los recuerdos de otra vida y, por tanto, es de suponer que iré a alguna otra parte, y ¿sabes qué, Zeke?, ¿sabes qué? No veo la hora de saber cómo será, no veo la hora. No quiero parecer uno de esos colgados que no tienen clase, uno de esos pirados que van diciendo por ahí que como han probado la muerte no le tienen miedo, ni el más mínimo. Yo tengo clase. Si ahora mismo, si ahora mismo, me vinieran a buscar para llevarme ante un pelotón de fusilamiento, iría riendo; no me refiero a una risa amarga o una risa desolada, me refiero a una risa de verdad. Saldría de allí y me marcaría unos cuantos pasos y con un poco de suerte se me pondría tiesa, y cuando les dieran la orden de disparar abriría los brazos para que no malgastaran la munición, y así aprovechar al máximo las balas, y cuando cayera lo haría como un hombre muy feliz porque me interesa mucho lo que ocurrirá a continuación. Estoy muy interesado en lo que ocurrirá después.

Dicho sea de paso, ¿es inocente en el relato saber que El Pollo tiene prácticamente todo el cuerpo tatuado? ¿Y a qué vienen esos tatuajes? ¿Son realmente un detalle superfluo? Si El Pollo, como Cheever cuenta, está preso por haber estrangulado a una vieja, por haberle robado para entonces tatuarse, nada, definitivamente, es superfluo ni parece ser tan inocente ni tan casual, me digo (y a quién puede importarle). Pero no lo es. De nuevo en un gran libro la desesperación por el vestido, la charretera, el sayo, o en este caso algo que quede para siempre como un modo imborrable (como la inmortalidad, como la urgencia por estar convencidos de Di-s). Entonces: Farragut mata por la ofensa de ser tildado de "confusión". Y El Pollo mata para quitarse la confusión de encima. Y Juan el Bautista dice cuál es la manera correcta, la forma correcta, la Verdadera Forma. Y al Pollo ello lo inquieta y por eso tiene curiosidad por saber qué hay luego. Y Farragut es contagiado por esa curiosidad que es esperanza y expectativa, que es afán de un nuevo vestido, que se acerque a ese saco de piel de camello lo más que se pueda. Joder, me estoy volviendo loco.

CHEJOV—DI-OS—ROTH

Hay un cuento de Chejov. "¡Abolidos!" Creo que escrito hacia 1885. Comienza así:
No hace mucho tiempo, durante la época de la crecida de los ríos, el terrateniente Vívertov, alférez retirado, invitó a comer al agrimensor Katavásov, que había ido a verle. Bebían, comían y hablaban de las novedades. Katavásov, como habitante de la ciudad, estaba informado de todo: del cólera, de la guerra y hasta de la subida de los impuestos sobre las bebidas alcohólicas, a tenor de un kopek por grado. Él hablaba y Vívertov escuchaba, soltando a cada momento un "ohs" y "ahs" y acogiendo cada novedad con las exclamaciones "¡Qué me dice! ¡Vaya hombre! ¡A-a-ah!"
—¿Y por qué ahora va sin charreteritas, Semión Antípich? —preguntó, de paso, con curiosidad.
El agrimensor no respondió en seguida. Permaneció unos momentos callado, se echó un vasito de vodka entre pecho y espalda, hizo un gesto con la mano y sólo entonces dijo:
—¡Las han abolido!

Más adelante, Vívertov se entera que su suerte como otrora alférez también está echada, porque se ha decretado que todo alférez pase a ser subteniente, si lo desea, o a quedar sin rango. Noticiado, entonces pregunta:
—Hum... ¿Qué soy yo, pues, ahora?
—Esto lo sabrá Di-s. ¡Usted ahora no es nada, es una confusión, es éter! Ahora ni usted mismo saca en claro lo que es.

La tristeza de Vívertov, les comento, es atroz. Tiene una salchicha en la boca que no termina de masticar. Es como el recién nacido que carece de conciencia de sí mismo y como el anciano senil al que el tiempo lo ha desfigurado al extremo de ya ser un individuo no diferenciado de otros individuos con su mismo mal: la vejez, la locura. Es como el millonario apuntado por un chico en un callejón. El millonario junto a un pordiosero que también es apuntado. Es como el presidente de los Estados Unidos atacado por un infarto. Es como el rey de Persia en el preciso momento de su muerte. O de su nacimiento.
El cuento de Chejov en cuestión me sirve para disparar el problema de la existencia y el que representa la idea de Di-s. Porque Di-s, perdón por ser tan tajante, es problemático para la humanidad. Inevitable. Una licencia, aunque sea: pongamoslé por un rato que la humanidad soy yo, así nadie chilla.
—Sin él me encuentro como ese agrimensor y ese otro alférez —comentaba hace poco en esas conversaciones informales del trabajo, cuando me sobreviene la obligación o la necesidad de hablar de estas cosas para ahuyentar la pesadumbre—. Es decir, su ausencia es tan notoria como la falta de ropa, de algo que me identifique. Si no soy inmortal, si Di-s no está, entonces técnicamente soy una porción de tiempo absurda en la historia de la humanidad, soy esa confusión que es Vívertov.
No se trata de una simple cuestión formal, agrego ahora. La forma (como es común) es parte inseparable del contenido. La forma es la identidad. Eso experimento cuando leo buenos libros y cuando identifico en el modo de escribir a un escritor que sé que es fulano de tal y no otro. Lo demás, lo que no es forma, es silencio, confusión, nada. Sin la forma los judíos hubiesen desaparecido hace rato. Lo comentaba la otra tarde a mi compañera hija de una unión mixta.
—Hacemos un buen equipo —dijo por su parte el dueño de una pequeña empresa de comercio exterior que también pertenece a la religión judía. Tenemos a un puñado verdaderamente religioso, que nos recuerda quiénes somos. Y los demás nos ocupamos de trabajar, que no es poco.
Discutía el fin de semana con un muchacho luterano. Es de origen danés. Él desdeñaba al hombre religioso en su grado más excelso, intitulándolo de fanático. Nada nuevo. Y apelaba a los musulmanes como ejemplo, ignorando los desvíos de la ortodoxia, ignorando precisamente que por los desvíos de la ortodoxia es que aparecen los extremismos y no por la ortodoxia y el cánon, que precisamente están para evitar desvíos. Así se lo manifesté. Luego bebimos demasiado y ya no me acuerdo de cómo siguió el encuentro.
Y hoy un sacerdote al que conozco trajo a cuento una idea que es más o menos conocida o reiterada porque guarda cierta lógica (claro que la lógica suele ser engañosa). Dijo, a la luz de su interpretación histórica, que el relativismo tarde o temprano conduce a regímenes totalitarios. Que eso siempre ha ocurrido y que no ve el modo de que deje de ocurrir.
—Porque no hay un discurso en esas sociedades que rija desde lo alto, y entonces ese discurso, imprescindible para la cohesión social, como no surge ni del diálogo ni de la moral ni de Di-s, entonces, termina siendo impuesto por algún iluminado.
Hay cosas que pueden estar más o menos claras en mi cabeza y si sueno a soberbio me importa un soberano carajo. Esas cosas incluso poco pueden tener que ver con la razón. ¿O acaso existe una razón para no robar? Olvidándonos de la ley, del temor a la ley, ¿por qué el "No robarás" del decálogo termina aplicándose como verdad positiva en los sistemas legales del mundo? Voy con un ejemplo más claro: el principio de autoridad, ¿de dónde es que surge en Occidente, si no es del irracional "Amarás a Di-s sobre todas las cosas"? Y a esas preguntas súmenle las que quieran.
Hay cosas que pueden estar más o menos claras en mi cabeza, decía. Hay por lo menos una primera respuesta, que se conecta con muchas otras. Como Vívertov, el hombre parece precisar del hábito que hace al monje y de la charretera que hace al alférez o al agrimensor. Y voy más allá. Necesita, así la razón se oponga, del vestido de la inmortalidad. Como Zuckerman/Roth dice en una de sus novelas, llegada a una edad se aprende la gran lección, que la vida no tiene sentido. Y es necesario, preciso, urgente, dársela. No interesan los malos entendidos en ese trabajo de darle algún tipo de forma, de uniforme, de lo que sea. Hay que dársela como sea, incluso con la magia o el esoterismo en el marco de las peores tragedias (por supuesto, yo me quedo con la ortodoxia, hay un lindo libro de Chesterton al respecto). Y otra vez, en este punto, digamos que la religión, las religiones, han cumplido un papel más que feliz, así suene raro y odioso escribirlo o leerlo en un tiempo donde todo el mundo insulta a las religiones y disimula su desesperación y asegura sentirse bien sin ropa, sin identidad, sin destino, sin Di-s. Así como no hay buena literatura donde no subyace el problema de la inmortalidad y el otro que Di-s supone, tampoco hay nada por lo menos mejor sin los cuestionamientos religiosos. Ojalá pudiese librarme de ellos y sentirme seguro, viril, rubio y alto. Pero les aseguro que me ocurre lo mismo que con ellos, y peor aún. Mucho peor... No sé a ustedes, queridos fantasmas. Sólo deténganse y observen a esos hombres llenos de fe, llenos de forma, dotados de una seguridad mística que los torna reales, complejos, únicos.