Escribo aterrado por haberme metido a ver cosas en youtube sobre fantasmas y extraterrestres por simple curiosidad, porque no me puedo dormir, porque ando inventandomé excusas para no hacer lo que debo hacer. Y mirando filmaciones sobre seres de grandes ojos que se esconden tras un poste o que irrumpen en un bosque y asustados asustan volví a recordar lo que me pasó en Villa Gesell a principios de los 80. Tengo todavía los ojos medio mojados del temor que me provocaron las imágenes recién vistas y también del recuerdo desenterrado que sólo cuando él quiere, como si no dependiese de mi voluntad, aparece.
Creo que fue para Semana Santa y tal vez la fecha no interese, pero sí recuerdo haber tenido frío. La casa era de altos y bajos, demasiado grande para una familia de cuatro personas y es verdad que ese detalle ya podía influenciar a un chico de, pongamoslé, siete u ocho años, que era la edad que por entonces frisaba yo. Y ahora, del punto a la primera letra de esta frase, ya estoy prácticamente convencido que fue por el frío y también por el temor a dormir solo, arriba, que terminé haciendoló en el sofá cama del comedor de la casa. Papá y mamá dormían en la única cama matrimonial de la planta baja y mi hermana, seguramente con alguien más, una amiga o mi madrina o mi abuela, lo hacía en la otra pieza.
Teóricamente soñé todo lo que pasó luego, pero les aclaro: sé lo que es tener pesadillas alucinógenas. Sé lo que es soñar con el demonio persiguiéndote por el departamento y sé lo que es soñar como Borges hubiera deseado y como más de un japonés o un chino: esa historia de soñar que estás soñando, y más aún, eso de soñar que dormís en la misma cama, junto a la misma mujer, y que soñás lo mismo que estás soñando. De hecho, hace menos de quince días me sobrevino una pesadilla de la que pude despertarme y pedirle contención a mi mujer lo que se dice de casualidad. Soñé todo eso. Que dormía en la misma cama, del mismo lado y que soñaba que soñaba y que en el sueño había puesto la radio al costado de la cama, como a veces suelo hacer, para escuchar algo de música o a algún pastor brasilero. Hasta que repentinamente comencé a escucharme a mí mismo, saliendo de la radio, y haciendo voces como hago en el trabajo, como hago en casa, como hago con mis hijos. Tengo varios personajes y dicen que soy medianemente bueno. Y cuando noté que era nomás mi voz la que salía de la radio dentro del mismo sueño me dije Pero hoy no pusiste la radio al lado de tu cama, por lo tanto lo que te está ocurriendo es que estás teniendo una pesadilla y lo mejor será, para que no llegue el susto mayor, que termines con esto, que abras los ojos y que le pidas socorro a tu mujer. Intenté hacer todas esas cosas pero nada me salió al principio. Quise abrir los ojos dentro del sueño y también fuera, y no pude. Quise abrir la boca y gritar, y experimenté los esfuerzos de eso que llaman alma por animar esa parte de mi cuerpo (apenas los labios, apenas la lengua, apenas las cuerdas vocales), pero tampoco. No sé cuánto tiempo pasé. Hasta que cuando conseguí lo primero, abrir los ojos, con la noción de que me estaba muriendo, de que me estaba convirtiendo en un fantasma, con todo lo que ello puede implicar para cualquiera, todavía escuché la radio, esa radio que esa noche yo no había puesto junto a la cama, y desperté a mi mujer y le pedí que por favor me abrazar, que acababa de tener una pesadilla. Silvita, aquí la llamaremos Silvita, está acostumbrada a este tipo de cosas. Me abrazó y me tuvo junto a su pecho hasta que pude disminuir la angustia, la ansiedad, las agujas en la espalada, esas mismas agujas que ahora se me clavan si me desvío de la pantalla y miro a través del vidrio de la puerta la oscuridad del vestíbulo que conecta con las habitaciones del departamento donde paso mis días.
Pero lo de Villa Gesell fue distinto, eso creo. Probablemente, y es más bien casi seguro, que mamá me alistó el sofá cama para dormir. Es también casi seguro que fue mi padre quien determinó que lo hiciera en ese lugar y no entre ellos. Y no fue una noche la que soñé ni tampoco creo haber soñado. Las escenas se dieron al alba, con esa luz blanquecina, valga la redundancia, del alba, entrando por las hendijas de la ventana principal de la casa que daba a la calle —una de las alamedas de la zona norte de Gesell— y por las otras que tapaban la puerta secundaria, que daba a la galería tan amplia como para que papá dejase ahí al 504. Vi, mucho antes de conocer media película de alienígenas, mucho antes de mi conocimiento acerca de los escándalos y las autopsias de extraterrestres, vi a tres o cuatro sujetos verdes, altos y delagados, con los cráneos rematados en crestas breves y duras, de grandes ojos y pieles como de reptil, como de iguana, revisar el living como si fueran ladrones o policías, los vi levantar almohadones de los sillones y volverlos a su lugar, los vi rodear la mesa y los vi mirarme y evitarme. Calzaban unas mochilas (y es una forma de decir) de donde salían tubos que sostenían como escopetas y se mostraban resueltos en su industria de vayasé a saber qué. Ahora mismo me estoy viendo en el vano ejercicio de abrir y cerrar los ojos para convencerme de que todo es un sueño, de que eso que ahí me tengo es una pesadilla de ésas que asuntan, pero nada más que eso. Y cada vez que abro los ojos los sigo viendo, hasta que se van, no sé si hacia las escaleras o hacia la puerta principal de la casa, que está junto al primer escalón. Pero se van y no vuelven y yo no atino ni a gritar ni a volver a dormir ni a luego contar nada a mi familia.
Sé bien lo que es delirar con las pesadillas. He tenido sueños donde el canto de los primeros pájaros de la mañana me llegan, todavía yo dormido, como melodías de cajitas musicales siniestras. He experimentado toda suerte de alucinaciones en esa línea y también he cargado con el lastre, con la resaca, que los sueños operan sobre mi estado de ánimo. He hasta pateado a Silvita soñando que pateaba a un barbudo con el que ella en el sueño me metía los cuernos. Sé de lo que hablo y sé también que ese otro sueño, a los siete o los ocho años, por lo menos mucho dista del género que frecuento desde que le tengo temor a la oscuridad. Esta última forma siempre me propina algún tipo de consuelo, algún tipo de situación borrosa que enseguida me convence de que lo que he visto por lo menos en lo real no existe. Muy distinto fue el caso de Villa Gesell, de aquél que cuando a mi memoria se le antoja, puedo volver a ver hasta en detalle: el brillo de los grandes ojos de esos tipos, el brillo de esos grandes ojos negros.