19.5.07

dos libreros argentinos te cuentan sus vidas tras el mostrador.

18.5.07

AUTOCENSURA

Los filtros editoriales me obligan, luego de debatirlo con un compañero, a recortar totalmente la boludez que abajo copio. Porque no debo atacar al marketing editorial ni mucho menos a la sana alegría de vivir en este mundo, donde el ser humano sólo se caracteriza por su entusiasmo. En fin...

La reciente reedición de La vida breve, de Juan Carlos Onetti, merece un festejo de aquellos, porque es difícil ver a la industria editorial en estas aventuras poco comerciales, donde salvo las triquiñuelas del marketing, nada asegura un éxito de ventas. De hecho, cuesta pensar al primer editor de este volumen, en 1950, porque incluso para esa época la escritura de Onetti no era ni de lejos políticamente correcta; tampoco su vida.
Ahora bien, si lo que se busca es una “novedad” para regalar, una historia donde abunden persecuciones, tensión y espasmo, sin dudas este libro del autor uruguayo será la peor opción (como cualquier obra de Borges, Saer o Mujica Láinez). La vida breve ni siquiera tiene una estructura narrativa cerrada y se caracteriza por la digresión, el detallismo, la mezcla de realidad y ficción pero desde categorías no fantásticas. Es un volumen donde la tristeza y la sensación humana de ser materia sobrante del universo se refleja en cada uno de los personajes. En menos palabras: no es ni por sus tapas una obra “edificante”.
Pero está escrita como los dioses, y sirve de introducción a la saga onettiana de su ciudad ficticia, Santa María, y de su doctor Díaz Grey, personaje que luego se colará en por lo menos dos novelas más y en indefinida cantidad de cuentos.
Para dar una idea de la riqueza de este librito, a modo de eslogan publicitario, vale anticipar a quien no lo haya leído que el personaje es Juan María Brausen, que a su vez es Juan María Arce y que a su vez es el doctor Díaz Grey. Y que tiene pasajes como este:
“…comprendí que había estado sabiendo durante semanas que yo, Juan María Brausen y mi vida no eran otra cosa que moldes vacíos, meras representaciones de un viejo significado mantenido con indolencia, de un ser arrastrado sin fe entre personas, calles y horas de la ciudad, actos de rutina”.
Libro oscuro, raro, fundacional, mucho ya se ha escrito, en 57 años, de La vida breve. Y poco más pueda decirse. Tan solo queda festejar. Por Punto de Lectura, por Onetti y por quienes puedan tener un ejemplar reluciente de una de las novelas más importantes del siglo XX.

Acá la nueva versión, que también será censurada porque sí. (Ni que se tratara mi voz de una opinión importante, joder.)
Si lo que se busca es una “novedad editorial” para regalar, una historia donde abunden persecuciones, tensión y espasmo, sin dudas La vida breve —publicado por primera vez en 1950 y recientemente reeditado por Punto de Lectura— será la peor opción. Como cualquier obra de Borges, Saer o Mujica Láinez. Porque ni siquiera tiene una estructura narrativa cerrada y se caracteriza por la digresión, el detallismo, la mezcla de realidad y ficción pero desde categorías no fantásticas. Y porque la tristeza y la sensación humana de la derrota abundan.
Pero está escrita como los dioses —al punto de haberse convertido en una novela de culto—, y sirve de introducción a la saga onettiana de su ciudad ficticia, Santa María, y de su doctor Díaz Grey, personaje que luego se colará en por lo menos dos novelas más y en indefinida cantidad de cuentos.
Para dar una idea de la riqueza de este librito, a modo de eslogan publicitario, vale anticipar a quien no lo haya leído que el personaje es Juan María Brausen, que a su vez es Juan María Arce y el doctor Díaz Grey; y que tiene pasajes como este: “…comprendí que había estado sabiendo durante semanas que yo, Juan María Brausen y mi vida no eran otra cosa que moldes vacíos, meras representaciones de un viejo significado mantenido con indolencia, de un ser arrastrado sin fe entre personas, calles y horas de la ciudad, actos de rutina”.
Palabra tras palabra, La vida breve recuerda las coplas de Manrique a su padre, exactamente donde rezan: “...cuán presto se va el placer, / cómo, después de acordado, / da dolor”. Y la explicitación de ese reverbero la dice el mismo Onetti promediando la novela, convertido en Brausen: “Puedo, sí, entrar en muchos juegos, casi convencerme, jugar para los demás la farsa de Brausen con fe. Cualquier pasión o fe sirven a la felicidad en la medida en que son capaces de distraernos, en la medida de la inconsciencia que puedan darnos”.
¿Qué más se puede decir de esta obra tras 57 años de palabras y comentarios laudatorios? Nada. Tal vez tan solo quede festejar. Por Punto de Lectura, por Onetti y por quienes puedan tener un ejemplar reluciente de una de las novelas más importantes del siglo XX.

16.5.07

Lo grandioso que tiene Onetti escribiendo

Creo que no hay que hacer una lectura adolescente de Onetti. Hago esta aclaración porque en mi última adolescencia, cuando leí Juntacadáveres y El astillero, 437 años atrás, incurrí en ese pecado. Onetti como algunos otros escritores exige cierta postura canónica de lectura. De lo contrario se pierden otras cosas y es muy fácil caer en la tristeza y no ver más allá de ella al leerlo (e incluso cerrar el libro injustamente, antes de tiempo). Cosa, dicho al pasar, igualmente genial en Onetti eso de que te haga ver la tristeza de lo que cuenta, de quienes lo cuentan y acaso de él mismo escribiendoló; digresión: me gusta demasiado su apellido (en una entrevista que figura más abajo pueden escuchar cómo el cuenta que uno de los probables orígenes de "Onetti" es el irlandés "O'Netti" u "O'Netty"). Sin puntos ni apartes reproduzco un ejemplo de su modo de hacer literatura, corresponde a La vida breve:
"...comprendí que había estado sabiendo durante semanas que yo, Juan María Brausen y mi vida no eran otra cosa que moldes vacíos, meras representaciones de un viejo significado mantenido con indolencia, de un ser arrastrado sin fe entre personas, calles y horas de la ciudad, actos de rutina."

Y en el párrafo siguiente:
"Yo había desaparecido el día impreciso en que se concluyó mi amor por Gertrudis; subsistía en la doble vida secreta de Arce y del médico de provincias. Resucitaba diariamente al penetrar en el departamento de la Queca, con las manos en los bolsillos del pantalón, la cabeza exagerando una arrogancia juvenil, casi grotesca, inflada por la sonrisa de gozo con que avanzaba hasta el centro justo de la habitación, para girar con lentitud y comprobar la permanencia de los muebles y los objetos, del aire en eterno tiempo presente, incapaz de alimentar la memoria, de ofrecer puntos de apoyo al remordimiento. Yo renacía al respirar los olores cambiantes del cuarto, al echarme en la cama para beber ginebra mientras escuchaba los comentarios y las noticias que machacaba la voz de la Queca, y la risa, ya familiar, interrumpida como si se aplastara contra una acogedora blandura.
"Yo era Brausen cuando aprovechábamos una pausa para mirarnos y la convertíamos en un particular silencio que se remataba con el ruido de la respiración de la Queca, con una afirmación y una palabra sucia. Y volvía a vivir, alejado de las pequeñas muertes cotidianas, del ajetreo y la muchedumbre en las calles, de las entrevistas y la nunca dominada cordialidad profesional, sentía crecer un poco de pelo rubio, como un pulmón, en mi cráneo, atravesaba con los ojos los vidrios de las gafas y de la ventana del consultorio de Santa María para dejarme acariciar el lomo por las olas de un pasado desconocido, mirar la plaza y el muelle, la luz del sol o el mal tiempo."

Si no leyeron el libro en cuestión, o si no lo recuerdan, evidentemente poco podrán comprender, por no decir que nada, y a lo sumo les será posible oler esa tristeza onettiana, pero nada más. Y justamente el carácter críptico de muchos pasajes tomados aisladamente dan fe de por lo menos dos cosas: una, que es muy difícil sacar de contexto la escritura del uruguayo; dos, que es necesaria esa actitud ortodoxa para leerlo, y por "ortodoxa" digo "canónica" y digo también "atenta" y "alejada", aunque parezca mentira, de sentimentalismos. Es la única manera me parece de poder ingresar a la maquinita Onetti, que contrario a lo que parezca para quien no lo conozca, es mucho más claro y terminante y mucho menos falto de rodeos y circunloquios de lo que impresione en una primera pasada. El tipo va construyendo el nocaut y se toma sus tiempos, eso es todo.
Les dejo abajo otra vida breve, pero de Manuel de Falla:

15.5.07

post relacionado con el de abajo

en lo que linkeo en el post anterior, Borges en 1976 con Joaquín Soler Serrano.
aquí, cuatro años después, en 1980.
vea y compare.

14.5.07

En mi Olimpo, él, oh, sí, él, sigue siendo el presidente

dicho sea al pasar, que envidia me da el programa que tuvo Joaquín Soler Serrano. hoy todo es big brother.
algunas cosas que aquí dice jlb (las reproducciones no son del todo textuales):
-Yo he cometido una indiscreción al seguir vivo.
-Como dijo Schopenahuer, el francés es italiano resfriado (será de Schopenahuer?).
-La democracia es un abuso de la estadística (es bastante conocido este parecer de Borges).
-Fui comunista.
-Soy un hombre tímido.
-Podría decirse que lo barroco es un ejercicio de la vanidad.
-La poesía empieza con la épica.
La entrevista es de 1976. Y Borges no resulta indiferente. O te repele o lo mirás dando su show.