Crash, leída desde la perspectiva que Ballard escribe en la década del 70 en su prólogo tiene algún valor y hasta puede considerarse interesante. Leída de ese modo, Crash es la proyección de las perversiones de Ballard llevadas a sus límites y es una manera de contar el mundo desde la ciencia-ficción (distinta), mostrando uno de sus negativos (en términos fotográficos). Pero sin esa lectura previa de la que las primeras ediciones de Crash carecen, todo está perdido (o casi). Y allí donde el lector, lleno de fe, esperanza y caridad, pueda encontrar una prosa atildada y un estilo de contar correcto, hasta ese tipo de lector, caerá en la desilusión. Terminará diciéndose que a ese texto de más de 250 páginas tranquilamente le sobran unas 214 (por no poner un número redondo).
De todos modos, independientemente de esta sensación de frustración que deja Crash (excepción hecha, claro está, por quienes sostienen que se trata de una "novela de culto", y habría que ver qué carajo significa que una novela sea "de culto"), hay otro elemento que no ha dejado de inquietarme mientras finalmente, sí, terminaba de leer, dos días atrás, mi ejemplar editado por Minotauro. Me refiero a que Crash, incluso leyéndola a sabiendas de lo que dice JGB en su prólogo, no impresiona necesariamente una novela de ciencia-ficción, sino una especie un tanto más híbrida que se acerca, con inutilidad, al realismo. Y aquí quiero detenerme dos segundos porque hoy mismo Daniel Espartaco en su blog ha resumido mediante una cita que no le pertenece todo lo que pretendía yo decir para liquidar esta farsa que se llama Mi Pensamiento.
Leía hoy, había copiado Espartaco:
"El arte puede definirse como una resuelta tentativa de hacer la más alta justicia al universo visible". Joseph Conrad.
Eso hace Kafka en El Proceso, en El Castillo, me animaría a decir que hasta en la metamorfosis sufrida por el fatuo Gregorio Samsa. Eso hace Melville con Bartleby y con Ahab. Eso hace, por supuesto, Cervantes. Y también lo hacen tantos otros, de los que conozco y sobre todo de los que jamás he leído que son la mayoría —mi esperanza es ciega en este punto.
El corazón en las tinieblas y Crimen y castigo asimismo lo hacen. Y hay compromiso y moralidad latente en quien escribe y hay compromiso y moralidad en quienes leen. Leyendo por ejemplo un pasaje de Por quién redoblan las campanas, Hemingway directamente se la juega, incluso a riesgo de perder su reputación. Pilar ahí le narra a Robert Jordan cómo Pablo, su concubino, tomó un pueblo, liquidó a guardias civiles y animó a que otros pobladores lincharan y arrojaran a un río a otros tantos fascitas. El primer acto de justicia se encuentra en la forma de narrar, en la entretención de quien lee. Hacer entretenido el espanto, generando la tensión necesaria para que nuestro entusiasmo de lectores no decaiga, no es tarea para cualquiera y por eso Hemingway hay uno solo. Y miren que de a momentos es "lenta" la narración de esa novela. Pero la entretención de la que hablo no se detiene en esos detalles, sino en la fruición que el lector puede alcanzar una vez que se comprometió con la historia. Crash comienza a flaquear por ese flanco.
El segundo acto de justicia (y toda clasificación o enumeración siempre es estúpida y arbitraria) que Espartaco copia y que Conrad afirma supongo que guarda relación, y ahí sí JGB lo ha escrito en su prólogo, con darle al absurdo de la realidad una explicación pero sin explicar, un contar pero sin decir. Antonio Di Benedetto en cuentos como As (creo que así se llama el cuento) lo hace y muy bien. Esa explicación de la realidad implica por parte del escritor un esfuerzo moral por quitarse de encima toda intentona por meter entre guiones explicaciones que guíen al lector, porque, paradójicamente, sólo no explicando es posible contar y en consecuencia explicar desde una obra de ficción. O al menos así parece. No conozco libro de ficción de mi gusto que posea contenidos editorializantes y afines a los ires y venires de las corrientes socioculturales que imperan. No conozco libro bueno que trate de congraciarse con el pensar generalizado de las masas. Cuando algo de todo aquello ocurre la ficción se acaba y también el acto de justicia y comienzan a sucederse una serie de infortunios donde quien escribe se vio necesitado de decir lo que piensa y quiere pensar; se acaba en esos casos el cuento. Verbigracia, aunque por cuestiones filosóficas y religiosas esté en contra del aborto, no puedo contar una historia del aborto donde éste sea un homicidio. Porque ya no cuento, ya estoy perorando. En este sentido JGB en Crash, con su serialidad porno-automovolística de algún modo sí hace justicia. Se olvida de las connotaciones negativas que suponen el querer chocar y matar con el auto y cuenta, aquí sí, insisto, una historia. (Pero ya la falla, qué caradura soy al escribirlo, viene de arranque.)
El tercer acto de justicia (y no voy a ir más allá porque no me da la cabeza) seguramente será más discutible, pero es lo que hoy, no sé mañana, pero sí hoy, sostengo. Tiene que ver con contar desde una perspectiva humanista, de, y discúlpenme el sentimentalismo, de contar desde el amor al ser humano. Ese amor significa comprensión, no hablo de justificaciones porque caeríamos en esas líneas editorializantes de la realidad. Si el artista al hacer su obra es un dios, y si Di-s al menos en Occidente es amor y ama al hombre, desviar el rumbo y quitarle esa nota distintiva de lo que son la creación y la otra, con mayúscula, del Génesis, es pretender ser más originales que el propio Hacedor. Contar desde el humanismo implica no entrar en controversias e intentar ir más allá de los propios prejuicios y de las propias miradas, para meterse en cada situación y en cada personaje para desde allí contar. Como si fuésemos Di-s mirando a la humanidad. En la medida en que un autor logra eso consigue también que nosotros, viles lectores, también seamos dioses. Dicho sea de paso, la comprensión es un paso necesario para el amor. JGB esto no termina de lograrlo, y desde mi punto de vista entre totalitario y adolescente, ello va en contra del contar y del explicar desde el mero contar. No se termina de comprender por qué Vaughan pretende estrellarse contra la limusina de Elizabeth Taylor como una expresión, además, amorosa o bien sexual. Y JGB es conciente de ello y suele irse en explicaciones y refuerzos que, vanamente, buscan dar algún tipo de luz al respecto. En esa tarea se le van varias páginas.
Independientemente de lo anterior, quiero por último reinvidicar en algo lo hecho por JGB poniendo mi experiencia personal con los autos como excusa.
De chico el juego que más me gustaba del hoy desaparecido Ital Park de Buenos Aires eran los coches chocadores. Tomar velocidad desde una punta para impactar contra mi padre o contra un amigo era una forma de la felicidad que iba, de manera ineludible, acompañada por una sonrisa. Me mordí la lengua varias veces en esos autitos e igualmente varias veces reincidí en ese juego, atolondrado. Y cuando fui más grande y comencé a superar velocidades prohibidas me asombró la excitación que ello me generaba. Luego, cada choque real que tuve, y que fueron varios (tengo tres metacarpianos con clavos y una placa de titanio por mi último evento), no bien terminó sin consecuencias mayores, generó en mí cierto orgullo de guerrero que puede contarlo. Muchas veces me observo las dos cicatrices de mi mano izquierda y vuelvo a experimentar la misma sensación, el "yo estuve ahí", el "ustedes no saben de qué se trata". Así como hay mujeres que precisan del quirófano cada uno o dos años, creo con JGB que existen personas que no pueden vivir sin accidentes automovilísticos. Y esto no es ciencia-ficción. Y con JGB también comparto esa ilusión que en Crash llega a contarla cerca del final y que versa en suponer que una autopista, cualquier autopista, de repente se eleva hacia el cielo como síntoma de liberación o como prueba de lo que es capaz de hacer la velocidad. JGB cuenta todo eso. Se tratará tal vez de una enfermedad moderna, no lo sé, pero después de Crash ya no me siento tan solo en mi patología.
Mientras estas cosas escribo en la Argentina se matan diariamente, y batiendo récords, decenas de automovilistas semanalmente, y creo que me quedo corto. Hace unos días fue el colmo. Ocurrió exactamente un día después de mi regreso de Santa Fe. Porque esto que escribo transcurrió entre mi ida y vuelta a Santa Fe. Un camión, hace unos días, se estrelló contra la columna de un puente peatonal en la Panamericana. La cabina del camión quedó destrozada, el puente peatonal se cayó. Falla humana, falla mecánica... poco interesa. Las automotrices siguen fabricando automóviles capaces de surcar los caminos a velocidades cada vez más elevadas y JGB ya lo escribía casi cuarenta años atrás: se trata de un horror mundial que todos ven pero que nadie pretende cambiar. Crash es una novela de este drama contemporáneo. Como lo fueron en su momento las ficciones de aparecidos o las de personas que se metieron en otro tipo de sombras. El mundo occidental y pudiente a quien hoy se dirige la literatura de esta parte del mundo tiene, entre otros, como antes lo fueran las casas abandonadas, las guerras, los molinos de viento y las pestes, también las drogas y el alcohol, este nuevo trauma que se suma a los anteriores, este nuevo lugar de fascinación, amigo del sexo, la libertad y la muerte. JGB lo dice y eso ya es mucho. Demasiado. Tal vez otros intentos por contarlo sin explicaciones y desde un punto de vista más realista logren esa más alta justicia de la que Conrad habla. No para justificar el horror y el absurdo, sino para comprenderlos. Cosa que la tecnología jamás logrará.
Me voy a dormir. Disculpen.