No lo había leído y cuando una vez lo confesé en público hubo reproches. Me lo regalaron hace un mes y es lo que todavía me demoro en terminar de leerlo. Me quedo con Hemingway, con Di Benedetto, con muchas otra cosas antes que con Ballard, a quien le doy, por joder, dos estrellitas. Acá van: **.
No obstante debo reconocer que no es una historia de las que se olvidan, en el sentido literal de la palabra. Ballard te rompe tanto las pelotas con los coitos y los accidentes que después se te hace difícil subirte al auto y encarar la ruta. Esta noche, sin ir más lejos, no puedo dormir, y a las 4 salgo hacia Santa Fe, adonde indefectiblemente siempre llego cabeceando. El último tramo, Rosario - Santa Fe, si lo hacés a 120 km/h promedio para ahorrar combustible y ser precavido, te duerme, realmente te duerme. Y si lo hacés entre 160 y 180, cuando llegás te sentís una mierda, un suicida, un asesino. Pero no interesan estas cosas.
En tiempos prepastillas solía experimentar lo que Vaughan en un Fiat 128 yendo por el carril izquierdo en la Panamericana. Tampoco interesa esto.
Mi amigo el integrista —tengo un amigo al que ustedes no dejarían de llamar integrista y homofóbico, pero es mi amigo igual— diría además que Crash no es una novela que eleve el espíritu, y eso tal vez sea cierto. Pero nada tiene que ver con lo que venía diciendo.
Decía: prefiero el prólogo que Ballard hace a la primera edición francesa de esta novela porno-reiterativa hasta el aburrimiento, que de todos modos es ideal para leer en el subte o antes de dormirte y que al fin y al cabo cuenta algo que a unos tipos les ocurre con los autos y que a mí también me ha sucedido, pero hasta ahí.
Manejaré con cuidado.