—¿Has matado alguna vez? —preguntó Jordan, llevado de la intimidad que creaban las sombras de la noche y el día que habían pasado juntos.
—Sí, muchas veces. Pero no por gusto. Para mí, matar a un hombre es un pecado. Aunque sean fascistas los que mate. Para mí hay una gran diferencia entre el oso y el hombre, y no creo en los hechizos de los gitanos sobre la fraternidad con los animales. No. A mí no me gusta matar hombres.
—Pero los has matado.
—Sí, y lo haría otra vez. Pero, si después de eso sigo viviendo, trataré de vivir de tal manera, sin hacer mal a nadie, que se me pueda perdonar.
—¿Por quién?
—No lo sé. Desde que no tenemos a Dios, ni su Hijo ni Espíritu Santo, ¿quién es el que perdona? No lo sé.
—¿Ya no tienen a Dios?
—No, hombre; claro que no. Si hubiese Dios, no hubiera permitido lo que yo he visto con mis propios ojos. Déjales a ellos que tengan Dios.
—Ellos dicen que es suyo.
—Bueno, yo le hecho de menos, poruqe he sido educado en la religión. Pero ahora un hombre tiene que ser responsable ante sí mismo.
—Entonces eres tú mismo quien tienes que perdonarte por haber matado.
—Creo que es así —asintió Anselmo—. Lo ha dicho usted de una forma tan clara, que creo que tiene que ser así. Pero, con Dios o sin Dios, creo que matar es un pecado. Quitar la vida a alguien es un pecado muy grave, a mi parecer. Lo haré, si es necesario, pero no soy de la clase de Pablo.
—Para ganar tenemos que matar a nuestros enemigos. Ha sido siempre así.
—Ya. En la guerra tenemos que matar. Pero yo tengo ideas muy raras —dijo Anselmo.
Iban ahora el uno junto al otro, entre las sombras, y el viejo hablaba en voz baja, volviendo algunas veces la cabeza hacia Jordan, según trepaba.
—No quisiera matar a un obispo. No quisiera matar a un propietario, por grande que fuese. Me gustaría ponerlos a trabajar, día tras día, como hemos trabajado nosotros en el campo, como hemos trabajado nosotros en las montañas, haciendo leña, todo el resto de la vida. Así sabrían lo que es bueno. Les haría que durmieran donde hemos dormido nosotros, que comieran lo que hemos comido nosotros. Pero, sobre todo, que trabajasen. Así aprenderían.
—Y vivirían para volver a esclavizarte.
—Matar no sirve para nada —insistió Anselmo—. No puedes acabar con ellos, porque su simiente vuelve a crecer con más vigor. Tampoco sirve para nada meterlos en la cárcel. Sólo sirve para crear más odios. Es mejor enseñarlos.
—Pero tú has matado.
Ernest Hemingway. Por quién doblan las campanas.